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16 de
marzo de 2008 Domingo de la
Pasión (de Ramos)
¿Siempre
ha de
terminar así?
El mismo Señor me ha dado
una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al
fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él
despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.
El Señor abrió mi oído y yo no me resistí
ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que
me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba ;
no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían.
Pero el Señor viene en mi ayuda ; por eso, no quedé
confundido ; por eso, endurecí mi rostro como el
pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado. Está cerca el que me hace
justicia: ¿quién me va a procesar? ¡Comparezcamos
todos juntos! ¿quién será mi adversario en el
juicio ? ¿Que se acerque hasta mi ! Sí, el
Señor viene en mi ayuda: ¿quién me va a
condenar? (Is. 50,: 4-9a).
Ten piedad de mi, Señor, porque estoy angustiado: mis ojos, mi garganta y mis
entrañas están extenuadas de dolor.
Mi vida se consume de tristeza, mis años, entre gemidos ; mis fuerzas decaen por mi
aflicción y mis huesos están
extenuados.
Soy la burla de todos mis
enemigos y la irrisión de mis
propios vecinos ; para mis amigos soy motivo de
espanto, los que me ven por la calle huyen
de mi.
Como un muerto, he caído
en el olvido, me he convertido en una cosa
inútil. Oigo los rumores de la gente y amenazas por todas partes, mientras se confabulan contra mi y traman quitarme la vida (Sal.
31, 9-16).
Tengan los mismos sentimientos de
Cristo Jesús. El que era de condición divina, no
consideró esta igualdad con Dios como algo que debía
guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí
mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose
semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano,
se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de
cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está
sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda
rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua
proclame para gloria de Dios Padre: “Jesucristo es el Señor”
(Flp. 2, 5-11).
En aquel tiempo, uno de los
Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les
dijo : “¿Cuánto me darán si se los
entrego ?”. Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para
entregarlo. El primer día de los
Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús :
“¿Dónde Quieres que te preparemos la comida
pascual ?”. El respondió : “Vayan a la ciudad, a
la casa de tal persona, y díganle : “El Maestro dice :
Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis
discípulos”. Ellos hicieron como Jesús les había
ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa
con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo :
“Les aseguro que uno de ustedes me entregará”.
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno :
“¿Seré yo, Señor ?”. El respondió :
“El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a
entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él,
pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será
entregado : más le valdría no haber nacido !”.
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó : “¿Seré
yo, Maestro ?”. “Tú lo has dicho”, le respondió
Jesús. Mientras comían, Jesús
tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió
y lo dio a sus discípulos, diciendo : “Tomen y coman,
esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio
gracias y se la entregó, diciendo : “Beban todos de
ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se
derrama por muchos para la remisión de los pecados. Les
aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de
la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en
el Reino de mi Padre”. Después del canto de los
Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús
les dijo : “Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a
causa de mi. Porque dice la Escritura : Heriré al pastor,
y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después
que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea”. Pedro,
tomando la palabra, le dijo : “Aunque todos se escandalicen
por tu causa, yo no me escandalizaré jamás”. Jesús
le respondió : “Te aseguro que esta misma noche, antes
que cante el gallo, me habrás negado tres veces”. Pedro le
dijo : “Aunque tenga que morir contigo, jamás te
negaré”. Y todos los discípulos dijeron lo mismo. Cuando Jesús llego con sus
discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les
dijo : “Quédense aquí, mientras yo voy allí
a orar”. Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de
Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les
dijo : “Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense
aquí, velando conmigo”. Y adelantándose un poco,
cayó con el rostro en tierra, orando así : “Padre
mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz,
pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Después volvió
junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús
dijo a Pedro : “¿Es posible que no hayan podido
quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora ?. Estén
prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el
espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”.
Se alejo por segunda vez y suplicó : “Padre mío,
si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga
tu voluntad”. Al regresar los encontró
otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño.
Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez,
repitiendo las mismas palabras. Luego volvió junto a sus
discípulos y les dijo : “Ahora pueden dormir y
descansar : ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a
ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense !
¡Vamos ! Ya se acerca el que me va a entregar. Jesús estaba hablando
todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce,
acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por
los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había
dado esta señal : “Es aquel a quien voy a besar.
Deténganlo”. Inmediatamente se acercó a Jesús,
diciéndole : “Salud, Maestro”, y lo besó.
Jesús le dijo : “Amigo, ¡cumple tu cometido !”.
Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús
sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote,
cortándole la oreja. Jesús le dijo : “Guarda tu
espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas
que no puedo recurrir a mi Padre ?. El pondría
inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de
ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían
las Escrituras, según las cuales debe suceder así ?”.
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud : “¿Soy
acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y
palos ? Todos los días me sentaba a enseñar en el
Templo, y ustedes no me detuvieron”. Todo esto sucedió para
que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los
discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que habían arrestado a
Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás,
donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo
seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró
y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba
todo. Los sumos sacerdotes y todo el
Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para
poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de
haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente se
presentaron dos que declararon : “Este hombre dijo : “Yo
puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días”. El Sumo Sacerdote, poniéndose
de pie, dijo a Jesús : “¿No respondes nada ?.
¿Qué es lo que estos declaran contra ti ?”. Pero
Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió : “Te
conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios”. Jesús le respondió : “Tú
lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante
verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del
Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo”. Entonces el Sumo
Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo : “Ha
blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos ?.
Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les
parece ?”. Ellos respondieron : “Merece la muerte”. Luego lo escupieron en la cara y
lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole : “Tú,
que eres el Mesías, profetiza, diciendo quién te
golpeó”. Mientras tanto, Pedro estaba
sentado afuera , en el patio. Una sirvienta se acercó y le
dijo : “Tu también estabas con Jesús, el
Galileo”. Pero él lo negó delante de todos,
diciendo : “No sé lo que quieres decir”. Al retirarse
hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban
allí : “Este es uno de los que acompañaban a
Jesús, el nazareno”. Y nuevamente Pedro negó con
juramento : “Yo no conozco a ese hombre”. Un poco más
tarde, lo que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron :
“Seguro que tú también eres uno de ellos : hasta
tu acento te traiciona”. Entonces Pedro se puso a maldecir y a
jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el
gallo, y Pedro recordó las Palabras que Jesús había
dicho : “Antes que cante el gallo, me negarás tres
veces”. Y saliendo, lloró amargamente. Cuando amaneció, todos los
sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de
hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo
llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron. Judas, el que lo entregó,
viendo que Jesús había sido condenado, lleno de
remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los
sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “He pecado entregando
sangre inocente”. Ellos respondieron : “¿Qué
nos importa ? Es asunto tuyo”. Entonces él, arrojando
las monedas en el Templo, salió y se ahorcó. Los sumos
sacerdotes, juntando el dinero, dijeron : “No está
permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre”.
Después de deliberar, compraron con él un campo,
llamado “del alfarero”, para sepultar a los extranjeros. Por esta
razón se lo llama hasta el día de hoy “Campo de
sangre”. Así se cumplió lo anunciado por el profeta
Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata,
cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los
israelitas. Con el dinero se compró el “Campo del alfarero”,
como el Señor me lo había ordenado. Jesús compareció
ante el gobernador, y este le preguntó : “¿Tú
eres el rey de los judíos?” El respondió: “Tú
lo dices”. Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos,
no respondió nada. Pilato le dijo : “¿No oyes
todo lo que declaran contra ti ?”. Jesús no respondió
a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al
gobernador. En cada Fiesta, el gobernador
acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del
pueblo: Había entonces uno famoso, llamado Barrabás.
Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: “¿A
quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a
Jesús, llamado el Mesías?”. El sabía bien que
lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el
tribunal, su mujer le mandó decir : “No te mezcles en
el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa tuve un sueño
que me hizo sufrir mucho”. Mientras tanto, los sumos
sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la
libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de
nuevo la palabra, el gobernador les preguntó : “¿A
cuál de los dos quieren que ponga en libertad’”. Ellos
respondieron : “A Barrabás”. Pilato continuo :
“¿Y qué haré con Jesús, llamado el
Mesías?”. Todos respondieron: “¡Que sea
crucificado !”. El insistió: “¿Qué mal
ha hecho ?”. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte :
“¡Que sea crucificado!”. Al ver que no se llegaba a nada,
sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó
las manos delante de la multitud, diciendo: “Yo soy inocente de
esta sangre. Es asunto de ustedes”. Y todo el pueblo respondió:
“Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”.
Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás ; y a Jesús,
después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que
fuera crucificado. Los soldados del gobernador
llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia
alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un
manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron
sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y,
doblando la rodilla delante de él, se burlaron, diciendo :
“Salud, rey de los judíos”. Y escupiéndolo, le
quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza. Después
de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de
nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un
hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la
cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa
“lugar del Cráneo”, le dieron de beber vino con hiel. El
lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de
crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y las
repartieron ; y sentándose allí, se quedaron para
custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el
motivo de su condena : “Este es Jesús, el rey de los
judíos”. Al mismo tiempo, fueron crucificados con él
dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Los que pasaban, lo insultaban y,
moviendo la cabeza, decían : “Tú, que destruyes
el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate
a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz ! De la
misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los
ancianos, se burlaban, diciendo : “¡Ha salvado a otros y
no puede salvarse a sí mismo ! Es rey de Israel :
que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en
Dios ; que él lo libre ahora si lo ama ya que él
dijo : “Yo soy Hijo de Dios2. También lo insultaban los
ladrones crucificados con él. Desde el mediodía hasta las
tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.
Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz :
“Elí, Elí, lemá sabactani”, que significa :
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado ?”. Algunos de los que se encontraban allí,
al oírlo, dijeron : “Está llamando a Elías”.
En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó
en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le
dio de beber. Pero los otros le decían : “Espera,
veamos si Elías viene a salvarlo”, Entonces Jesús,
clamando otra vez con voz potente, entrego su espíritu. Inmediatamente, el velo del
Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló,
las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de
santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas
después que Jesús resucitó, entraron en la
Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. El centurión y
los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y
todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron :
“¡Verdaderamente, este era Hijo de Dios !”. Había allí muchas
mujeres que miraban de lejos : eran las mismas que habían
seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas
estaba María Magdalena, María - la de Santiago y
de José - y la madre de los hijos de Zebedeo. Al atardecer,
llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que
también se había hecho discípulo de Jesús,
y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato
ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó
el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo
depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar
en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada
del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María
estaban sentadas frente al sepulcro. A la mañana siguiente, es
decir, después del día de la Preparación, los
sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante
Pilato, diciéndole : “Señor, nosotros nos hemos
acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo :
“A los tres días resucitaré”. Ordena que el
sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus
discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo : “¡Ha
resucitado !”. Este último engaño sería
peor que el primero”. Pilato les respondió : “Ahí
tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean
conveniente”. Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro,
sellando la piedra y dejando allí la guardia (Mt. 26, 1
– 27, 66 ó también Mt. 27, 11-54).
Principio de un comienzo
Hoy hay que hacer
fiesta, pongamos en juego toda la alegría que seamos capaces.
El hecho de que este domingo inicia la semana santa le pone una
sombra melancólica sobre él. La misma narración
de la pasión la alienta. Pero, creo que hay que captar la
belleza de este día, no sólo su nota melancólica.
Jesús entra en
Jerusalén. Algunos están atentos, salen a su encuentro,
lo aclaman, lo reconocen como el Cristo, el Mesías prometido.
Será un triunfo
modesto, nadie contabilizó el número ni la intensidad
de los vítores. Un tono solemne aunque recorriera el camino
montado sobre un burro. No hay un comité de recepción,
los que aclaman no tienen nombre aunque sean muy espontáneos
en su expresión.
Además, por
cierto, la fiesta no continuará al otro día, será
difícil encontrar durante la semana a quienes estén
dispuestos a perseverar en su apoyo y alegría. Que esto
sucedió es importante, aunque no voy a decir que Jesús
estuviera contento, sabe muy bien que no perseveramos en nuestras
aclamaciones a Dios. Sabe que, a pesar de la rama de olivo que
llevamos a casa, mañana nos irritaremos por tonterías.
Hoy está
contento porque nos adelantamos, nos interesamos por su misión,
deseamos –aunque con visión de corto alcance- la paz. Está
feliz de haber hecho su entrada, es un inicio y eso es lo importante.
Nos conoce muy bien,
sabe que con nosotros siempre ha de comenzar de nuevo.
La pasión
en Mateo
El centro está
en el trágico rostro del Siervo del Señor descrito por
Isaías, el que anuncia la esperanza a los que no esperan. Nos
acompaña el himno que presenta San Pablo en su carta, que
–quizás-lo tomó de la liturgia en Filipos.
Si recorremos la historia de la
Pasión hay elementos que podemos enfatizar. Por ejemplo, la
indefensión de Jesús es mayor cuando se lo intenta
defenderlo con otra arma que el amor, sea el poder, la astucia, la
diplomacia, etc. Jesús no se impresiona por las armas de sus
enemigos, sino por la que empuña un amigo.
Otro ejemplo es Judas,
está auténticamente arrepentido, pero sin esperanza que
lo sostenga.
Un tercer
ejemplo, está la invitación: ¡Sálvate
a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y desciende de la cruz!
Ésta tiene como respuesta que el amor mantiene su palabra, en
la cruz a Jesús lo sostiene el amor. Y muere clamando a gran
voz, el clamor de todo torturado ante el sufrimiento absurdo, pero
también la declaración última de amor. Nosotros
hemos de dejarnos penetrar por ese clamor que nos dice: Tú
puedes moverte con libertad porque yo permanezco clavado sobre la
cruz. Tú puedes vivir porque te amo. Tú puede vivir
plenamente porque yo acepto morir.
El cuarto
ejemplo, María Magdalena y la
otra María estaban sentadas frente al sepulcro,
con una mirada que iba más allá de lo aparente, el
esposo puede llegar ya. Un paralelo a la historia de las sabias
mujeres que velaban con luces encendidas a la espera del esposo. Un
anuncio de la resurrección.
Y, por último,
el anuncio profético de la resurrección, cuando se le
pide a Pilatos que establezca turnos de guardia ante el sepulcro para
impedir que los discípulos puedan anunciar que Jesús
¡Ha resucitado! Los
apóstoles saben desde ahora lo que deben decir. djc
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