Pentecostés-C - 27 de mayo de 2007

El sagrado ayudante

 

Todo el mundo hablaba una misma lengua y empleaba las mismas palabras. Y cuando los hombres emigraron desde Oriente, encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí. Entonces se dijeron unos a otros: "¡Vamos! Fabriquemos ladrillos y pongámoslos a cocer al fuego". Y usaron ladrillos en lugar de piedra, y el asfalto les sirvió de mezcla. Después dijeron: "Edifiquemos una ciudad, y también una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, para perpetuar nuestro nombre y no dispersarnos por toda la tierra".
Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y dijo: "Si esta es la primera obra que realizan, nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible, mientras formen un solo pueblo y todos hablen la misma lengua. Bajemos entonces, y una vez allí, confundamos su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros". Así el Señor los dispersó de aquel lugar, diseminándolos por toda la tierra, y ellos dejaron de construir la ciudad. Por eso se llamó Babel: allí, en efecto, el Señor confundió la lengua de los hombres y los dispersó por toda la tierra. Palabra de Dios.

Allí está el mar, grande y dilatado,
donde se agitan, en número incontable,
animales grandes y pequeños.

Por él transitan las naves, y ese Leviatán
que tú formaste para jugar con él.

Todos esperan de ti
que les des la comida a su tiempo:
se la das, y ellos la recogen;
abres tu mano, y quedan saciados.

Si escondes tu rostro, se espantan;
si les quitas el aliento,
expiran y vuelven al polvo.

Si envías tu aliento, son creados,
y renuevas la superficie de la tierra.
¡Bendice al Señor, alma mía!
¡Aleluya! (Salmo 104, 25-35)

 

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos.  Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.  Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo.  Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua.  Con gran admiración y estupor decían: "¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos?  ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?  Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor,  en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma,  judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios".

Unos a otros se decían con asombro: "¿Qué significa esto?". Algunos, burlándose, comentaban: "Han tomado demasiado vino".  Entonces,    Pedro poniéndose de pie con los Once, levantó la voz y dijo: "Hombres de Judea y todos los que habitan en Jerusalén, presten atención, porque voy a explicarles lo que ha sucedido. Estos hombres no están ebrios, como ustedes suponen, ya que no son más que las nueve de la mañana,  sino que se está cumpliendo lo que dijo el profeta Joel:  En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas; los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños proféticos.  Más aún, derramaré mi Espíritu sobre mis servidores y servidoras, y ellos profetizarán.  Haré prodigios arriba, en el cielo, y signos abajo, en la tierra: verán sangre, fuego y columnas de humo.  El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que llegue el Día del Señor, día grande y glorioso.  Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará (Hech. 2, 1-21).

En aquel tiempo dijo Felipe a Jesús:  "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta". Jesús le respondió: "Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: 'Muéstranos al Padre'?  ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.  Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.  Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre.  Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.  Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré.
Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes:  el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
[Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes.  Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.  Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡ No se inquieten ni teman!] (Jn. 14: 8-17 [25-27]).

Introducción

El auto, la novata que aprende a manejar, va con el maestro que le enseña. Llega a un embotellamiento se asusta, se baja del auto y corriendo va y llama a su mamá por teléfono para que la ayude. Ella le responde: ¿No tienes a tu maestro? Él sabe, pregúntale.
Una ilustración algo loca, ¿verdad? Pero muchos obramos así en el camino de la vida. No sabemos cuál rumbo tomar en medio de la vorágine de la vida. El evangelista nos habla del Espíritu de la verdad que está con nosotros.

1.Dos verdades
La primera: necesito de Dios para vivir como a Dios le agrada.
La segunda: puedo tener la ayuda que necesito, Dios me lo ha prometido.
Necesitamos ser de acero para soportar las tensiones del mundo de hoy, Pedro clamaba a Jesús: ¡Señor, sálvame!
Tenemos al defensor y maestro: El mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad (Rom. 8, 26). Está presente como intercesor y defensor de la Iglesia toda, de cada uno de nosotros. es quien os llama a la salvación , nos brinda la fe y guía en el camino de la salvación.

2. No lo llevamos en el bolsillo ni colgado del llavero
El Espíritu Santo es algo más que el último recurso para las emergencias. No es un vale para la comida, ni un aparato mecánico que solucione los problemas. Hemos de permitir que nos guíe, que viva en nosotros para conducirnos. Porque Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer, conforme a su designio de amor (Flp. 2, 13). Todos los que son conducidos por el espíritu de Dios, son hijos de Dios (Rom. 8, 14).
En tiempos de duda y desorientación, fracasamos si nos negamos a ser guiados por el Espíritu Santo.

3. El divino transformador y dínamo
El Espíritu Santo tiene la fuerza para transformar nuestras vidas con el Evangelio.
¡Vivir como Dios manda! Que viva Cristo en nosotros es una demanda tan alta que nuestra voluntad e ingenio no alcanzan le meta. Es el espíritu de Dios quien intercede por nosotros y nos transforma en imagen de Cristo.
a) Él es la fuerza de nuestra vida espiritual. Porque la ley del espíritu, que da la vida, te ha librado, en Cristo Jesús, de la ley del pescado y de la muerte (Rom. 8, 2).
b) El Espíritu Santo es la fuente de nuestro poder. Pero, recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra (Hech. 1, 8).
c) El Espíritu Santo es manantial de alegría. Le he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto (Jn. 15, 11).
d) El Espíritu Santo es el sello que confirma nuestra certeza. No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, que los ha marcado con un sello para el día de la redención (Ef. 4, 30).
Para nosotros, en nosotros y a través nuestro, el Espíritu Santo está a la obra, para realizar en nosotros la vida nueva mediante la fe de Cristo, la renovación de nuestra fe personal y de la fe de la Iglesia. djc