4 de noviembre de 2007 - Propio 26-C

 Dejarse cortar la rama

 

¡Escuchen la palabra del Señor, jefes de Sodoma! ¡Presten atención a la instrucción de nuestro Dios, pueblo de Gomorra!  ¿Qué me importa la multitud de sus sacrificios? -dice el Señor-. Estoy harto de holocaustos de carneros y de la grasa de animales cebados; no quiero más sangre de toros, corderos y chivos.  Cuando ustedes vienen a ver mi rostro, ¿quién les ha pedido que pisen mis atrios?  No me sigan trayendo vanas ofrendas; el incienso es para mí una abominación. Luna nueva, sábado, convocación a la asamblea... ¡no puedo aguantar la falsedad y la fiesta!  Sus lunas nuevas y solemnidades las detesto con toda mi alma; se han vuelto para mí una carga que estoy cansado de soportar.  Cuando extienden sus manos, yo cierro los ojos; por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre! ¡Lávense, purifíquense, aparten de mi vista la maldad de sus acciones! ¡Cesen de hacer el mal,  aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho, socorran al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan a la viuda!  Vengan, y discutamos -dice el Señor-: Aunque sus pecados sean como la escarlata, se volverán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, serán como la lana (Is. 1, 10-18).

 

¡Feliz el que ha sido absuelto de su pecado
y liberado de su falta!

¡Feliz el hombre a quien el Señor
no le tiene en cuenta las culpas,
y en cuyo espíritu no hay doblez!

Mientras me quedé callado,
mis huesos se consumían entre continuos lamentos,
porque de día y de noche tu mano pesaba sobre mí;
mi savia se secaba por los ardores del verano.

Pero yo reconocí mi pecado,
no te escondí mi culpa,
pensando: "Confesaré mis faltas al Señor".
¡Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado!       

Por eso, que todos tus fieles te supliquen
en el momento de la angustia;
y cuando irrumpan las aguas caudalosas
no llegarán hasta ellos.

Tú eres mi refugio,
tú me libras de los peligros
y me colmas con la alegría de la salvación. 
Yo te instruiré,
te enseñaré el camino que debes seguir;
con los ojos puestos en ti, seré tu consejero (Sal. 32, 1-8).

 

Pablo, Silvano y Timoteo saludan a la Iglesia de Tesalónica, que está unida a Dios, nuestro Padre y al Señor Jesucristo. Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios Padre y del Señor Jesucristo.
Hermanos y hermanas, siempre debemos dar gracias a Dios a causa de ustedes, y es justo que lo hagamos, porque la fe de ustedes progresa constantemente y se acrecienta el amor de cada uno hacia los demás.  Tanto es así que, ante las Iglesias de Dios, nosotros nos sentimos orgullosos de ustedes, por la constancia y la fe con que soportan las persecuciones y contrariedades.
Pensando en esto, rogamos constantemente por ustedes a fin de que Dios los haga dignos de su llamado, y lleve a término en ustedes, con su poder, todo buen propósito y toda acción inspirada en la fe.  Así el nombre del Señor Jesús será glorificado en ustedes, y ustedes en él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo (2 Tes. 1, 1-4 y 11-12).

 

En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos.  Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura.  Entonces se adelantó y subió a un sicómoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.  Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: "Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa".  Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.  Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: "Se ha ido a alojar en casa de un pecador".  Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: "Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más". Y Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham,  porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Luc. 19, 1-10).

El Dios que ha hecho las cosas en grande se preocupa de las realidades más pequeñas.

No desprecia nada de lo que ha creado. No se desinteresa por nada. Todo es importante para él. Cada cosa es digna de atención y de amor. Incluso una gota de rocío y una partícula de polvo.

Esta postura generosa por parte de Dios, cuando anda de por medio el ser humano se define como compasión.

Tampoco los pecados logran que su mirada de benevolencia dirigida a la criatura sea afectada por la indiferencia o el despecho. Los ojos de Dios intentan descubrir bajo la inmundicia el germen del arrepentimiento.

El pecador es, para Dios, una especie protegida, está bajo su especial cuidado.

Con frecuencia somos los que aceptamos que alguien se pierda, nos molesta el polvo. Tiramos por la ventana tanto al bebé como a la bañera, al pecador y a sus pecados.

A Zaqueo lo hubiéramos dejado colgado del árbol. Quizás señalándolo para la vergüenza pública.

Jesús, al contrario, lo descuelga con delicadeza e, incluso, con impaciencia: baja pronto, lo ve como fruto apetecido de la salvación.

Nosotros nos mostramos indiferentes, pisoteamos los valores, aceptamos las exclusiones, no nos preocupamos de recuperar a nada ni a nadie, somos incapaces de experimentar el esfuerzo de amor al crear.

Las pérdidas no nos hacen sufrir, porque ciertas personas no nos han costado nada.

Dios, por el contrario, es el que ahorra por que ha pagado un precio muy alto por todo, incluso por la partícula de polvo.

 

Subir es fácil, lo difícil es bajar

Extraña esa gente de Jericó. Hacen todo lo posible para sofocar las voces y las presencias significativas. Callan al ciego (Lc. 18, 35 ss.) quien describe a Jesús mejor que los demás, pues lo llama Hijo de David, es decir, el Mesías esperado.

Extraña gente la de Jericó. Oponen un muro compacto ante la pequeña estatura de Zaqueo, le impiden ver al Maestro. Quizás a él le cierran el paso por no ser simpático a nadie.

De todas maneras, Jesús escucha al ciego y se detiene ante el despreciado cobrador de impuestos subido al árbol. Zaqueo baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.

Debe haberle costado bajar del árbol, quizás la edad porque no se conquista una posición como la de él en pocos años. Y, sobre todo, por subido al sicómoro se le habrá enredado su túnica al bajar.

Pero, lo que pasa es que la bajada es problemática. Muchos nos arreglamos muy bien para subir. La bajada es más difícil de aceptar y realizar.

El progreso en la fe es en bajada continua, la simplicidad y la humildad es una bajada a la profundidad de la fe, a la alegría de la fe.

Jesús apuesta al rico

Se dice que Jesús apuesta por el ser humano. Aquí por el ser humano que, además, es rico.

Su primer experimento con un rico salió mal (Lc. 18, 8ss), fracasó rotundamente. Provocó ese comentario amargo sobre que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios.

Pero a la vista de Zaqueo, ahí sobre el sicómoro, Jesús vuelve a intentar su experimento. Interrumpe su viaje hacia Jerusalén y se invita a sí mismo a la casa de Zaqueo.  Ya que es difícil que un rico entre en el Reino, el Reino –Jesús- entrará en la casa del rico.

Lo que es increíble es que Zaqueo acepta, acepta con alegría el riesgo de bajar. Creía que todo sería ver pasar al Maestro; pero no fue así, el Maestro lo vio y todo comienza con esa mirada de Jesús.

La salvación  consistió en que Zaqueo permitió que se cortara la rama sobre la que se afirmaba. Al contrario que los otros, se deja vaciar la casa, más bien es él que ofrece vaciarla.

Comprendemos ahora por qué Jesús no ha ido a hospedarse a casa de los notables de Jericó. Ellos se sentían dignos de la visita del Maestro, incluso que lo honraban al invitarlo. Lo exhibían y se exhibían..

Jesús, en cambio, agradece a los que están dispuestos a entregarse, a entregarse por completo a él. 

Zaqueo acepta con alegría vaciar su casa, su vivienda era lugar para acumular, para ganar, para asegurarse la vida.. Ahora todo le paree que pasa a segundo término, hasta le molestan sus bienes. Ya no depende de las cosas acumuladas, depende de Jesucristo.

Jesús, vean, no se lleva nada. Es libertador no saqueador.

Zaqueo considera a su casa su castillo, lugar de refugio y protección. Ahora descubre que es lugar abierto, de comunión con todos. Por eso la vivienda de Zaqueo ya no se queda vacía, siempre esta llena –como su vida- de una presencia, de la presencia de Dios en Jesús, y por ello, siempre será un espacio de acogida, de bienvenida para todos.

Ahora, a pesar de su edad, Zaqueo se siente ágil. Es capaz no sólo de subir a los árboles, también lo es de hacer algo más arriesgado, de bajar...

Hoy es la convocatoria decisiva. Los ángeles cantaron que hoy había nacido el Salvador. Al ladrón a arrepentido le dice Jesús que estará hoy en el paraíso con él. A Zaqueo le dice. Hoy ha llegado la salvación a esta casa.

La alegría es para hoy. djc