Palabra de resurrección
Después que sucedió esto, el hijo de la dueña
de casa cayó enfermo, y su enfermedad se agravó tanto que
no quedó en él aliento de vida. Entonces la mujer dijo a
Elías: "¿Qué tengo que ver yo contigo, hombre
de Dios? ¡Has venido a mi casa para recordar mi culpa y hacer morir
a mi hijo!". "Dame a tu hijo", respondió Elías.
Luego lo tomó del regazo de su madre, lo subió a la habitación
alta donde se alojaba y lo acostó sobre su lecho. E invocó
al Señor, diciendo: "Señor, Dios mío, ¿también
a esta viuda que me ha dado albergue la vas a afligir, haciendo morir
a su hijo?". Después se tendió tres veces sobre el
niño, invocó al Señor y dijo: "¡Señor,
Dios mío, que vuelva la vida a este niño!". El Señor
escuchó el clamor de Elías: el aliento vital volvió
al niño, y éste revivió. Elías tomó
al niño, lo bajó de la habitación alta de la casa
y se lo entregó a su madre. Luego dijo: "Mira, tu hijo vive".
La mujer dijo entonces a Elías: "Ahora sí reconozco
que tú eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor
está verdaderamente en tu boca" (1 R. 17, 17-24).
Yo te glorifico, Señor, porque tú me
libraste
y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí.
Señor, Dios mío, clamé a ti y tú me sanaste.
Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir,
cuando estaba entre los que bajan al sepulcro.
Canten al Señor, sus fieles;
den gracias a su santo Nombre,
porque su enojo dura un instante,
y su bondad, toda la vida:
si por la noche se derraman lágrimas,
por la mañana renace la alegría.
Yo pensaba muy confiado:
"Nada me hará vacilar".
Pero eras tú, Señor, con tu gracia,
el que me afirmaba sobre fuertes montañas,
y apenas ocultaste tu rostro,
quedé conturbado.
Entonces te invoqué, Señor,
e imploré tu bondad:
"¿Qué se ganará con mi muerte
o con que yo baje al sepulcro?
¿Acaso el polvo te alabará
o proclamará tu fidelidad?
Escucha, Señor, ten piedad de mí;
ven a ayudarme, Señor".
Tú convertiste mi lamento en júbilo,
me quitaste el luto y me vestiste de fiesta,
para que mi corazón te cante sin cesar.
¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente!
(Sal.30).
Quiero que sepan, hermanos y hermanas, que la Buena
Noticia que les prediqué no es cosa de los seres humanos, porque
yo no la recibí ni aprendí de ninguna persona, sino por
revelación de Jesucristo. Seguramente ustedes oyeron hablar de
mi conducta anterior en el Judaísmo: cómo perseguía
con furor a la Iglesia de Dios y la arrasaba, y cómo aventajaba
en el Judaísmo a muchos compatriotas de mi edad, en mi exceso de
celo por las tradiciones paternas. Pero cuando Dios, que me eligió
desde el seno de mi madre y me llamó por medio de su gracia, se
complació en revelarme a su Hijo, para que yo lo anunciara entre
los paganos, de inmediato, sin consultar a ninguna persona, y sin subir
a Jerusalén para ver a los que eran Apóstoles antes que
yo, me fui a Arabia y después regresé a Damasco.
Tres años más tarde, fui desde allí a Jerusalén
para visitar a Pedro, y estuve con él quince días. No vi
a ningún otro Apóstol, sino solamente a Santiago, el hermano
del Señor. En esto que les escribo, Dios es testigo de que no miento.
Después pasé a las regiones de Siria y Cilicia. Las Iglesias
de Judea que creen en Cristo no me conocían personalmente, sino
sólo por lo que habían oído decir de mí: "El
que en otro tiempo nos perseguía, ahora anuncia la fe que antes
quería destruir". Y glorificaban a Dios a causa de mí
(Gál. 1, 11-24)
En aquel tiempo, Jesús se dirigió a
una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos
y de una gran multitud. Justamente cuando se acercaba a la puerta de la
ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y
mucha gente del lugar la acompañaba. Al verla, el Señor
se conmovió y le dijo: "No llores". Después se
acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se
detuvieron y Jesús dijo: "Joven, yo te lo ordeno, levántate".
El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús
se lo entregó a su madre. Todos quedaron sobrecogidos de temor
y alababan a Dios, diciendo: "Un gran profeta ha aparecido en medio
de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo". El rumor de lo que Jesús
acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región
vecina (Lc. 7, 11-17).
La palabra verdaderamente eficaz
La viuda de Sarepta, una extranjera, confiesa ante Elías: Ahora
sí reconozco que tú eres un hombre de Dios y que la palabra
del Señor está verdaderamente en tu boca. Pero lo dice después
que el profeta le ha regresado con vida a su hijo. En las afueras de Naín
la gente clama: Ahora sí reconozco que tú eres un hombre
de Dios y que la palabra del Señor está verdaderamente en
tu boca. Pero lo dicen luego que Jesús entregara vivo a una viuda
desconsolada su hijo único a quienes ellos acompañaban al
sepulcro.
Ambos son considerados hombres de Dios, profetas, después que su
palabra se ha mostrado llena de poder, eficaz, que algo pase, acontezca.
Me sonrojo, yo también me alegro con la viuda de Sarepta, también
con la de Naín y quienes la acompañan, estos se tragan las
lágrimas y alegran con ella, su hijo ahora vive. Pero me sonrojo
avergonzado, yo me he encontrado muchas veces afrenta a personas que han
visto morir a quien querían. Y aún habiéndoseme confiado
la palabra del Señor no la he podido usar para cambiar esa situación
de profundo dolor. Nunca he pedido el milagro, tenía miedo de pedir
el milagro.
Entonces, frente a relatos como los de hoy, me doy cuenta que sobre todo
es mi fe la que ha de ser resucitada.
Sí, también yo he repetido la frase del Señor: No
llores.
Pero, he intentado que la madre, el amigo, el hermano, el padre, el esposo...,
no llorasen porque me preparaba para brindarles la lección, explicarles,
demostrarles que...
Cristo, en cambio, le dijo a la mujer de Naín que no llorara por
podía devolverle a su hijo.
Quizás, en muchos casos, lo mejor es el silencio. Son más
eficaces las lágrimas que las explicaciones, que las invitaciones
a la resignación.
Creo, y lo he experimentado, que el anuncio más eficaz del evangelio
es la ocasión en que las lágrimas ahogaron mis palabras.
A veces e mejor perder las palabras y encontrar las lágrimas como
sacramental de humanidad y de dolorosa adoración del misterio de
Dios y del sentido de la vida.
A veces, mejor que decir “no llores” es llorar juntos. También
para hacerse perdonar la palabra vuelta ineficaz y sin vigor, vacía
de la fuerza de la fe.
La resurrección posible
Hemos de intentar alguna resurrección, sobre todo dentro de nosotros
mismos. Podemos en verdad, tener una fe muerta, una esperanza apagada,
un amor sepultado bajo el peso del egoísmo y la indiferencia, ideales
ahogados por intereses pequeños y estrechos, una conciencia acallada,
sentimientos congelados. El alma muerta dentro de un cuerpo vivo.
Además, hay a nuestro alrededor tantos que intentan resucitar,
que ya no tienen esperanza, que son mal amados o no amados, que están
paralizados por la desesperación o la soledad, gente sin sentido
de la vida.
Jesús le propuso a un hombre maduro, quizás de canos cabellos,
Nicodemo, quien ocupaba un alto puesto social y religioso, que se animase
a nacer de nuevo. Sí, hay alguien cerca nuestro que necesita una
palabra para nacer de nuevo. Tenemos muchas posibilidades para dar testimonio,
para ser representantes de Dios quien ama la vida, quiere la vida, la
restituye, la cambia, hace de nosotros personas vivas.
Me imagino a los habitantes de Naín, a la misma viuda de Sarepta,
ha entrado en el mundo una nueva fuerza que pone todo en discusión,
también a la muerte. Como seres racionales encontramos el límite
en la muerte, ahora alguien la pone en discusión, abre la posibilidad
y realidad de la esperanza, no nos pide renuncia sino saber que Dios nos
ha creado para la vida, que la esperanza no se queda fuera de las puertas
del cementerio.
Pablo portador del mensaje de vida
En cierto sentido, San Pablo se nos presenta como un resucitado. Su vida
da un giro total y completo, Dios lo espera en el camino y le da un mensaje
que lo cambia por completo. Dios se le muestra, se le revela, y lo convierte
en apóstol, quien proclama la vida nueva en Cristo Jesús.
Para morirse y ser sepultado hay realizar numerosos trámites, para
compartir el mensaje de vida es suficiente ser resucitados, ser los que
tenemos la nueva vida por la gracia, mediante la fe, don de Cristo.
¿Acaso la resurrección no ha de ser algo que puede y debe
suceder antes de la muerte? djc