| 31 de octubre
de 2005 - La Reforma
La
Reforma
Llegarán
los días -oráculo del Señor- en que estableceré una nueva Alianza con
la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí
con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del
país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque yo era su dueño
–oráculo del Señor-. Esta es la Alianza que estableceré con la casa de
Israel, después de aquellos días -oráculo del Señor-: pondré mi Ley dentro
de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán
mi Pueblo. Y ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno
al otro: "Conozcan al Señor ". Porque todos me conocerán, del más pequeño al
más grande -oráculo del Señor-. Porque yo habré perdonado su iniquidad
y no me acordaré más de su pecado (Jer. 31, 31-34).
El
Señor es nuestro refugio y fortaleza,
una ayuda siempre pronta en los peligros.
Por
eso no tememos, aunque la tierra se conmueva
y las montañas se desplomen hasta el
fondo del mar;
aunque bramen y se agiten sus olas,
y con su ímpetu sacudan las montañas.
El Señor de los ejércitos
está con nosotros,
nuestro
baluarte es el Dios de Jacob.
Los
canales del Río alegran la Ciudad de Dios,
la más santa Morada del Altísimo.
El
Señor está en medio de ella: nunca vacilará;
él la socorrerá al despuntar la aurora.
Tiemblan
las naciones, se tambalean los reinos:
él hace oír su voz y se deshace la
tierra.
El
Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro baluarte es el Dios de Jacob.
Vengan
a contemplar las obras del Señor,
él hace cosas admirables en la tierra:
elimina la guerra hasta los extremos
del mundo;
rompe el arco, quiebra la lanza
y prende fuego a los escudos.
Ríndanse
y reconozcan que yo soy Dios:
yo estoy por encima de las naciones,
por encima de toda la tierra.
El
Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestrobaluarte
es el Dios de Jacob (Sal. 46).
Nosotros
sabemos que todo lo que dice la Ley es válido solamente para los que están
bajo la Ley, a fin de que nadie pueda alegar inocencia y todo el mundo
sea reconocido culpable delante de Dios. Porque a los ojos de Dios, nadie
será justificado por las obras de la Ley, ya que la Ley se limita a hacernos
conocer el pecado.
Pero
ahora, sin la Ley, se ha manifestado la justicia de Dios atestiguada por
la Ley y los Profetas: la justicia de Dios, por la fe en Jesucristo,
para todos los que creen. Porque no hay ninguna distinción: todos han
pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente
por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús. El
fue puesto por Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre,
gracias a la fe. De esa manera, Dios ha querido mostrar su justicia:
en el tiempo de la paciencia divina, pasando por alto los pecados cometidos
anteriormente, y en el tiempo presente, siendo justo y justificado a los
que creen en Jesús.
¿Qué
derecho hay entonces para gloriarse? Ninguna. Pero, ¿en virtud de qué
ley se excluye ese derecho? ¿Por la ley de las obras? No, sino por la
ley de la fe. Porque nosotros estimamos que el hombre es justificando
por la fe, sin las obras de la Ley (Rom, 3, 19-28).
En
aquel tiempo Jesús dijo a aquellos judíos que habían creído en él: "Si
ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos:
conocerán la verdad y la verdad los hará libres".
Ellos
le respondieron: "Somos descendientes de Abraham y jamás hemos sido
esclavos de nadie. ¿Cómo puedes decir entonces: 'Ustedes serán libres'?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que todo el que peca es esclavo
del pecado. El esclavo no permanece para siempre en la casa; el hijo,
en cambio, permanece para siempre. Por eso, si el Hijo los libera, ustedes
serán realmente libres (Jn. 8, 31-36).
Introducción
Hoy hablamos de la
identidad... de la de nuestros jóvenes, la nueva identidad de la
tercera edad, de identidad de la nación... ¿Qué es
la identidad? Cuando veo a alguien su identidad se trasluce a en su manera
de ser, sus valores, sus conductas, su aspecto físico, sus gestos.
También surge de su historia personal y cultural, de lo que damos
en llamar la herencia, de su formación y cultura, siempre en relación
con su ambiente, con la sociedad en la que vive. Nuestra identidad, nuestra
manera de ser, tiene aspectos positivos que muchos aprecian, y otros que
son rechazados por que no se comprenden o porque no construyen una buena
relación con los demás.
1. La celebración de nuestra identidad
Nadie puede vivir sin identidad. No sólo la jurídica: nombre
y documentos que lo acrediten, sino tener conciencia de quién uno
es, adónde va, de dónde viene.
Nosotros celebramos, nos alegramos en nuestra identidad arraigada en la
Reforma del siglo 16, fructificada en años de testimonio comprometido.
Nuestra identidad -como comunidad de la Reforma, como iglesias evangélicas
luterana y reformada- tiene una herencia, un arraigo en la historia, que
–como tal- tiene su centro en la comprensión de la fe cristiana.
Pero, también es parte de un contexto filosófico, político
y cultural que nos marca para recomendación y para crítica.
A partir de una fe comprometida, la Reforma que se da dentro la Iglesia
de occidente, a fines de la Edad Media y comienzos del Renacimiento, enfatiza:
a) Dios es Creador, soberano y misericordioso.
b) Quien se revela, se muestra, por su amor en Jesucristo, verdadero
Dios y verdadero hombre, quien por el camino de la crucifixión
–evento central de la fe- tiende su mano de perdón y restaura
en nosotros el sentido de la vida y la esperanza.
c) Esta esperanza se brinda a todos, tiene carácter universal.
No hay condiciones previas a cumplir por nuestra parte. Ni ritos, ni
raza o cultura, ni antigüedad o novedad, como dice la Reforma:
ni obra humana alguna. Todos, todos somos bienvenidos.
d) Dios nos llama a todos a la fe, nos convoca a ser su familia, la
Iglesia, pueblo en marcha hacia el Reino prometido, a vivir en la presencia
plena de Dios. La imagen de un pueblo marcha, muy querida desde tiempos
del Antiguo Testamento y reafirmada en el Nuevo, tiene paralelos en
la historia de los pueblos. Las migraciones de Asia a Europa, de ésta
a América, y otras, no hay pueblo que no provenga de una migración.
Pero, nosotros –como pueblo de Dios- tenemos clara la mera, nuestra
identidad es la comunión con Dios en Cristo Jesús. Dios
nos llama a ser su pueblo, a la conversión continua afirmada
en el Bautismo como su punto de partida.
e) Nuestra fe se alimenta de la adoración en común, del
estar reunidos como hermanos y hermanas para alabar a Dios, escuchar
su Palabra, participar de sus Sacramentos. Es “cargar las pilas” para
ir a la vida cotidiana como pueblo de Dios en marcha: Cristianos y cristianas
que vivimos nuestra fe en la familia, el estudio, el trabajo, la vida
ciudadana, las relaciones interpersonales, construyendo cada uno desde
su lugar un espacio de esperanza, de comprensión humana, de paz
y de justicia.
2. Celebramos nuestra identidad en medio y junto a otros cristianos
Las afirmaciones comunes y amadas provenientes de la reforma son un don
para compartir, no algo para guardar dentro de los cofres de nuestras
iglesias particulares. Son como una sabrosa torta que sirve en cuanto
se la comparte, no si se la guarda en un armario.
Cuando la Reforma subraya lo que antes dijimos, así como proclamar
el Evangelio de tal manera que el pueblo en tienda, en su idioma; que
hemos de encontrarnos para adorar y escuchar la Palabra, participar en
la Eucaristía, la Cena del Señor, hacer nuestro el perdón
que se nos ofrece y, como respuesta a la vocación divina, servir
a los demás construyendo la paz y la justicia, lo afirmamos y realizamos
contribuyendo a la Iglesia Una, trabajando por una mejor comprensión
y vivencia de la fe.
La historia nos muestra que también aquí el pecado humano
ha distorsionado este santo propósito, nos ha llevado a unos y
a otros a afirmar nuestras aproximaciones a la comprensión de Dios
como si fuéramos exclusivos propietarios no sólo de la verdad
divina, sino del mismo Dios. Hoy nos pedimos mutuamente perdón
por ello, la fidelidad a la implica escuchar con comprensión al
otro que también intenta escuchar a Dios con atención y
con fe.
Los diálogos realizados y que continúan en el ámbito
mundial, regional y nacional, entre las distintas confesiones cristianas
de fe han conducido a la comprensión mutua, a expresiones comunes
de la fe en Cristo y a pedirse perdón mutuamente por la descalificación
y persecución mutuas que tuvieran lugar en el pasado. El mundo
necesita de Dios revelado en Jesucristo, nos une su amor y expresamos
su amor. Somos un pueblo en marcha con una tarea común.
Conclusión
Tenemos en común una historia de afirmaciones de fe. También
de controversias que a causa del pecado del orgullo nos condujeron a denigrar
al otro, pecado del que nos arrepentimos y pedimos perdón a Dios
y a los hermanos.
Tenemos en común el llamado a la Salvación en Cristo Jesús,
por el que somos hechos hijos e hijas de Dios, parte de la Iglesia, pueblo
peregrino, en marcha hacia el Reino, embajadores y apóstoles del
Evangelio, que construye para todos caminos de esperanza, que llama a
la paz y la justicia.
Somos uno en Cristo, en la manifiesta diversidad enriquecedora de nuestras
maneras de adorar, nuestras alabanzas, nuestros distintos énfasis
doctrinales, sumándose a una única verdad; Dios salva en
Cristo Jesús. La meta es alabar en la vivencia y proclamación
del evangelio a Dios Padre, Hijo, Espíritu Santo, la Santísima
y Bendita Trinidad, a quien sea gloria y alabanza por los siglos de los
siglos. Amén. djc
|