San Esteban - 26 de diciembre de 2007

 

 

La lluvia de piedras no oscurece el cielo

 

 

Después de la muerte de Iehoiadá, los jefes de Judá fueron a postrarse delante del rey, y este se dejó llevar por sus palabras. Entonces abandonaron la Casa del Señor, el Dios de sus padres, y rindieron culto a los postes sagrados y a los ídolos. Por este pecado, se desató la indignación del Señor contra Judá y Jerusalén. Les envió profetas que dieron testimonio contra ellos, para que se convirtieran al Señor, pero no quisieron escucharlos. El espíritu de Dios revistió a Zacarías, hijo del sacerdote Iehoiadá, y este se presentó delante del pueblo  y les dijo : “Así habla Dios: ¿Por qué quebrantan los mandamientos del Señor ? Así no conseguirán nada. ¡Por haber abandonado al Señor, él los abandonará a ustedes!” Ellos se confabularon contra él y por orden del rey lo apedrearon en el atrio de la Casa del Señor. El rey Joás no se acordó de la fidelidad que le había profesado Iehoiadá, padre de Zacarías, e hizo matar a su hijo, el cual exclamó al morir: “¡Que el Señor vea esto y les pida cuenta!” (2 Crón. 24, 17-22).

 

Escucha, Señor, mi justa demanda,

atiende a mi clamor;

presta oído a mi plegaria,

porque en mis labios no hay falsedad.

Tú me harás justicia,

porque tus ojos ven lo que es recto:

si examinas mi corazón

y me visitas por las noches,

si me pruebas al fuego,

no encontrarás malicia en mi.

Mi boca no se excedió

ante los malos tratos de los seres humanos;

yo obedecí fielmente a tu palabra,

y mis pies se mantuvieron firmes

en los caminos señalados:

¡mis pasos nunca se apartaron de tus huellas!

Yo te invoco, Dios mío, porque tú me respondes:

inclina tu oído hacia mí y escucha mis palabras.

Muestra las maravillas de tu gracia,

que salvas de los agresores

a los que buscan refugio a tu derecha.

Protégeme como a la pupila de tus ojos;

escóndeme a la sombra de tus alas

de los malvados que me acosan,

del enemigo mortal que me rodea.

Pero yo, por tu justicia, contemplaré tu rostro,

y al despertar, me saciaré de tu presencia (Sal. 17, 1-9 y 16).

 

¡Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y signos en el pueblo. Algunos miembros de la sinagoga llamada “de los Libertos”, como también otros, originarios de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de la provincia de Asia, se presentaron para discutir con él. Pero como no encontraban argumentos, frente a la sabiduría y al espíritu que se manifestaba en su palabra, sobornaron a unos hombres para que dijeran que le habían oído blasfemar contra Moisés y contra Dios. Así consiguieron excitar al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y llegando de improviso, lo arrestaron y lo llevaron ante el Sanedrín. Entonces presentaron falsos testigos, que declararon : “Este hombre no hace otras cosa que hablar contra el Lugar santo y contra la ley. Nosotros le hemos oído decir que Jesús de Nazaret destruirá este Lugar y cambiará las costumbres que nos ha trasmitido Moisés”. En ese momento, los que estaban sentados en el Sanedrín tenían los ojos clavados en él y vieron que el rostro de Esteban parecía el de un ángel.

El Sumo Sacerdote preguntó a Esteban: “¿Es verdad lo que estos dicen?  Él respondió: “Hermanos y padres, escuchen: ¡Hombres rebeldes, paganos de corazón y cerrados a la verdad! Ustedes siempre resisten al Espíritu Santo y son iguales a sus padres. ¿Hubo algún profeta a quien ellos no persiguieran ? Mataron a los que anunciaban la venida del Justo, el mismo que acaba de ser traicionado y asesinado por ustedes, los que recibieron la Ley  por intermedio de los ángeles y no la cumplieron”.

Al oír esto, se enfurecieron y rechinaban los dientes contra él. Esteban, lleno del Espíritu Santo y con los ojos fijos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús, que estaba de pie a la derecha de Dios. Entonces exclamó: “Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios”. Ellos comenzaron a vociferar y, tapándose los oídos, se precipitaron sobre él como un solo hombre : y arrastrándolo fuera de la ciudad, lo apedrearon. Los testigos se quitaron los mantos, confiándolo a un joven llamado Saulo. Mientras lo apedreaban, Esteban oraba, diciendo : “Señor Jesús, recibe mi espíritu” Después, poniéndose de rodillas, exclamó en alta voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y al decir esto, expiró (Hech. 6, 8 – 7:2 a y 51-60).

 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos : Yo voy a enviarles profetas, sabios y escribas: ustedes matarán y crucificaran a unos, azotarán a otros en las sinagogas, y los perseguirán de ciudad en ciudad. Así caerá sobre ustedes toda la sangre inocente derramada en la tierra,  desde la sangre del justo Abel, hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, al que ustedes asesinaron entre el santuario y el altar. Les aseguro que todo esto sobrevendrá a la presente generación. 

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados ! ¡Cuantas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste ! Por eso, a ustedes la casa les quedará desierta. Les aseguro que ya no me verán más, hasta que digan: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (Mt. 23, 34-39).

 

 

 

Mártir por amor

Esteban, más que un héroe que muere linchado, es un discípulo, un discípulo de Jesús.

La grandeza de su testimonio no está tanto en el hecho que haya soportado con valor la prueba de una muerte violenta y cruel, sino en que su estilo sigue el del maestro. Sobre todo en el decisivo instante del perdón a sus asesinos.

Esteban muere amando a Cristo Jesús y también a sus enemigos y enemigos de Jesús. Aquí es lo cristiano de su martirio.

La calidad de testigo no está en el monto de la crueldad sufrida sino en el seguimiento de Cristo a través del martirio.

Es lapidado a causa de su fe. Pero introduce en el martirio, a su iniciativa, la causa del amor.

No se contenta con no ceder en el campo de la fe. Quiere ser conocido como discípulo de Cristo, no sólo por su confesión, su credo, proclamado claramente, sino por el amor que no abandona frente y hacia sus feroces ejecutores.

Esteban es fiel a la verdad, pero su valor surge de su capacidad de dar testimonio a la verdad en el amor.

Una verdad separada del amor no es verdad cristiana.

Cristo no necesita intrépidos campeones. Necesita personas que demuestren que  han aprendido la lección básica y fundamental. Jesús ha proclamado bienaventurados, felices, a los mansos no a los héroes.

Su paraíso no está poblado de defensores de la ortodoxia, sino de los que la han defendido viviendo el amor, el amor a Dios, el amor al prójimo, el amor con que el Padre nos ama en Cristo Jesús.

La verdad es verdadera cuando se expresa y tiene relación con el amor.

Esteban hubo de enfrentar a testarudos que, para no escucharlo, se taparon los oídos. Pero él ha preferido apelar al corazón más que a la mente. Y su mensaje, aunque se taparan los oídos, llegaba por otro canal.

El precio de las ideas

Hechos nos refiere que sus oponentes no encontraban argumentos frente a la sabiduría y al espíritu que se manifestaba en sus palabras (Hech, 6-10).

Pero, Esteban no sobresalía sólo en su razonamiento, del cual no estaba desprovisto. Vencer en la argumentación no lo es todo, a veces es inútil.  La verdad no necesita de hábiles en la discusión y buenos razonadores, lo que cuenta es el precio que se está dispuesto a pagar por las ideas se manifiestan.

Esteban se ganó un buen montón de piedras... Y fue convincente incluso cuan do la última piedra le quitó la palabra...

Culpable de buenas obras

Esteban, se testifica, hacía grandes prodigios y signos en el pueblo (Hech. 6, 8). Por eso la ira se desencadena y se lo condena a muerte. Hay quines pagan la culpa del buen obrar, del servir a los demás.

No hay que ilusionarse en que obrar con justicia y rectitud, el tener como criterio ser generoso, cosechan aplausos y entusiasmo, también cosechan indiferencia y condenas, hasta el aislamiento y la muerte.

A Esteban la sangre le brotó por las pedradas, a nosotros pueden matarnos la indiferencia y la burla, la antipatía hacia nosotros e, incluso, la calumnia y la persecución.  Obrar el bien y la justicia es, muchas veces, echarse encima el desprecio y la oposición. Hay quines no pueden soportar al que obra en amor y para servir, al que tiene su cara como la de un ángel (Hech. 6, 15), al que tiene la cara y el corazón limpios.

Un trozo de cielo al que afirmarse con la mirada

Esteban con los ojos fijos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús, que estaba de pie a la derecha de Dios (Hech. 7, 55).

El espectáculo que rodea a esteban no es particularmente sublime, es gente cegada por el odio, obcecada en su fanatismos, se enfurecieron y rechinaban los dientes contra él (Hech. 7, 54). Hacían más daño esos rostros que las mismas piedras.

Pero, Esteban tiene un secreto, ha aprendido a mirar hacia otro lado, tiene los ojos fijos en el cielo. No se deja aprisionar en es el estrecho espacio de la maldad, mira hacia la luz.

También para nosotros, en alguna ocasión, puede darse el espectáculo doloroso de estar rodeados de caras hostiles que expresan rechazo o indiferencia.

Hemos de tener a disposición pedazo de cielo, un espacio de serenidad, quizás dentro nuestro, sobre el que fijar la vista, para así conservar la paz y la esperanza.

La tentación de ponernos en el mismo nivel de quienes se nos oponen es muy tentadora. Pero si caemos en ella nos hundimos en la desesperación y la amargura.

Es muy importante mirar hacia otro lado. Tener salgo en que afirmar la mirada. Un trozo de cielo,

Las piedras y, muchas veces, las palabras hacen daño, hieren. Pero ninguna humana maldad podrá abatir la serenidad y la paz de quien permanece sirviendo en esta tierra con la vista fija en el cielo, en Dios revelado en Cristo Jesús. djc