Transfiguración (Último domingo de Epifanía) –A                           3 de febrero de 2008

 

           

 

De inmediato es el amanecer

 

 

El Señor dijo a Moisés: “Sube hasta mí, a la montaña, y quédate aquí. Yo te daré las tablas de piedra con la ley y los mandamientos, que escribí para instruirlos. Entonces Moisés se levantó junto con Josué, su ayudante, y subió a la montaña de Dios. Él había dicho a los ancianos de Israel: “Espérennos aquí, hasta nuestro regreso. Con ustedes quedarán Aarón y Jur: el que tenga algún pleito que se dirija a ellos”. Y luego subió a la montaña.

La nube cubrió la montaña, y la gloria del Señor se estableció sobre la montaña del Sinaí, que estuvo cubierta por la nube durante seis días. Al séptimo día, el Señor llamó a Moisés desde la nube. El aspecto de la gloria del Señor era a los ojos de los israelitas como un fuego devorador sobre la cumbre de la montaña. Moisés entró en la nube y subió a la montaña. Allí permaneció cuarenta días y cuarenta noches (Ex. 24, 12-18).

 

¿Por qué se amotinan las naciones

y los pueblos hacen vanos proyectos?

Los reyes de la tierra se sublevan,

y los príncipes conspiran

contra el Señor y contra su Ungido:

“Rompamos sus ataduras,

librémonos de su yugo”.

El que reino en el cielo se sonríe;

el Señor se burla de ellos.

Luego los increpa airadamente

y los aterra con su furor:

“Yo mismo establecí a mi Rey

en Sión, mi santa Montaña.”

Voy a proclamar el decreto del Señor:

Él me ha dicho: “Tú eres mi hijo,

yo te he engendrado hoy.

Pídeme, y te daré las naciones como herencia,

y como propiedad, los confines de la tierra.

Los quebrarás con un cetro de hierro,

los destrozarás como a un vaso de arcilla”.

Por eso, reyes, sean prudentes,

aprendan, gobernantes de la tierra.

Sirvan al Señor con temor;

temblando, ríndanle homenaje,

no sea que se irrite y vayan a la ruina,

porque su enojo se enciende en un instante.

¡Felices los que se refugian en él! (Sal.  2 ).

 

 

Ó:

 

¡El Señor reina! Tiemblan los pueblos,

Él tiene su trono sobre los querubines:

la tierra vacila,

¡Grande es el Señor en Sión!

El se alza sobre todas las naciones.

Alaben tu Nombre grande y temible.

¡Santo es el Señor!

Tú eres el rey poderoso que ama la justicia,

tú has establecido lo que es recto,

tú ejerces sobre Jacob el derecho y la justicia.

Glorifiquen al Señor, nuestro Dios,

adórenlo ante el estrado de sus pies,

¡Santo es el Señor!

Moisés y Aarón, entre sus sacerdotes,

y Samiel, entre los que invocaban su Nombre,

clamaban al Señor y él les respondía.

Dios les hablaba desde la columna de nube;

ellos observaban sus mandamientos

y los preceptos que les había dado.

Señor, nuestro Dios, tú les respondías;

tú eras para ellos un Dios indulgente,

pero te vengabas de sus malas acciones.

Glorifiquen al Señor, nuestro Dios,

y adórenlo en su santa Montaña:

el Señor, nuestro Dios, es santo (Sal. 99).

 

No les hicimos conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo basados en fábulas ingeniosamente inventadas, sino como testigos oculares de su grandeza. En efecto, él recibió de Dios Padre el honor y la gloria, cuando la Gloria llena de majestad le dirigió esta palabra: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección”. Nosotros oímos esta voz que venía del cielo, mientras estábamos con él en la montaña santa.

Así hemos visto confirmada la palabra de los profetas, y ustedes hacen bien en prestar atención a ella, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y aparezca el lucero de la mañana en sus corazones.

Pero tengan presente, ante todo, que nadie puede interpretar por cuenta propia una profecía de la Escritura. Porque ninguna profecía ha sido anunciada por voluntad humana, sino que los hombres han hablado de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo  (2 Ped. 1, 16-21).

 

En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús : “Señor, ¿qué bien estamos aquí ! Si quieres levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube : “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección : escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo : “Levántense, no tengan miedo” cuando alzaron  los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó : “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”  (Mt. 17, 1-9).

 

 

 

 

Faltaba la televisión

Se podría apostar que alguno pensará: ¡Qué lástima que todavía no existiera la televisión! Una escena como esa se hubiera pasado en directo, incluso concediendo la exclusiva a algún canal privilegiado. También Jesús eligió a los invitados asistir a ese acontecimiento: Pedro, Juan, Santiago.

Vivimos en la civilización de la imagen. Pero, ¿estamos seguros que la transfiguración afecta sólo a la vista? Pedro que presume de haber sido testigo ocular de su grandeza (2 Ped. 1, 16) insiste no en la visión sino en la voz que se escuchó diciendo: Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección (2 Ped. 1, 17).

E insiste: Nosotros oímos esta voz que venía del cielo, mientras estábamos con él en la  montaña santa (2 Ped. 1, 18). Pareciera que sobre todo lo sorprendió la voz, la palabra escuchada. E invita a dirigir la atención no a la visión, sino a la palabra de los profetas.

Es raro en verdad, uno que ha visto algo glorioso, insiste en dirigir la atención a la palabra de los profetas, pues en ellas disfrutarán la misma experiencia que él en la montaña.

Una palabra que hay que escuchar, una palabras que hay que ver, una palabra que hace ver. La única visión auténtica es la vinculada la escucha. Si cierras tus oídos, nunca verás nada.

Cuando se encuentra a oscuras

Los apóstoles habían caído en la oscuridad de la frustración, Jesús ha anunciado su pasión, muerte y resurrección, sus sueños se hacen pedazos. La transfiguración aparece, para ellos, como una luz que encandila en medio de la oscuridad en que se sienten. El Maestro que se ha presentado como humillado y condenado a muerte, aparece en la gloria del Hijo del hombre anunciado por el profeta Daniel, el Señor de gloria que domina el universo y la historia.

Pedro, en su carta, nos recuerda que nosotros caminamos en la oscuridad y necesitamos de la luz de la Palabra. La palabra de Dios escuchada es la transfiguración para nosotros: lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y aparezca el lucero de la mañana en sus corazones (2 Ped. 1, 19).

¿Tienes una montaña?

En Lucas la transfiguración es una experiencia de oración: Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante (Lc. 9, 29).

Esto tiene que ver con nosotros, también tenemos a disposición –cuando queramos- un lugar apartado, un monte, un espacio, una dimensión donde nos es posible ver la otra cara de las cosas: la oración.

La oración no es huida, es transfiguración de la realidad. La persona de oración trasciende lo cotidiano, cambia de aspecto la realidad diaria, la obliga a revelar su secreto de luz, de gracia divina.

Gracias a la transfiguración obrada por la oración, la realidad cotidiana adquiere transparencia y es liberada de su peso agobiante. La oración no es sólo aceptación sino vuelco transformador.

Lucy, la huraña impertinente e incorregible, la pequeña protagonista de las historietas de Charles M. Schulz, el primer día del año tira –muy enojada- el almanaque, y protesta con energía:

-         Me da la impresión que han encajado un año usado...

Sí, hoy como ayer, como anteayer, como hace un año, o más. Las mismas cosas, las mismas ocupaciones sin brillo, todo igual. Nos parece estar atrapados en la misma telaraña de sofocante aridez y frustración.

Y Lucy se encuentra con Linus y le pregunta:

-         ¡Eh! ¿Cómo va tu año?

-         Ya no es mi año... Lo he devuelto. Los meses, las semanas iban muy bien, pero tenía dentro un montón de días feos... Han sido muy amables aceptando la devolución... ¡Han dicho que sucede continuamente!

Sí, hay una larga serie de días grises, frustrantes, monótonos, insignificantes. Y tenemos que soportarlos, tenemos que vivir. No nos está permitido devolverlos, antes bien hemos de rescatarlos, hemos de ver más allá de lo que son. Más allá de su pesadez, monotonía y de la frustración que causan.

El señor Sammler, protagonista de una novela cuyo autor es Saúl Bellow, confiesa: Con mucha frecuencia, y casi diariamente siento una fortísima impresión de eternidad. Y después habla de: Ese presagio de Dios en las formas cotidianas.

Y este es el milagro de la oración. Captamos a través de ella una impresión de eternidad, un presagio de Dios en las formas cotidianas, en la telaraña en la que estamos apresados, en las frustraciones y temores de cada día.

La oración nos resarce de la banalidad de lo cotidiano, nos hace intuir la magnificencia bajo el polvo que recubre la esencia de la realidad. Nos revela el otro lado de las cosas, el más allá de lo que vemos.

Podemos, entonces, usar la expresión de Pedro y exclamar: Señor, ¡qué bien estamos aquí! (Mt. 17,4). Es hermoso acampar en lo cotidiano, en la común. Es hermoso escapar de las obligaciones de la vida normal. Es hermoso ampliar los espacios, ensanchar los horizontes, sin abandonar nuestro lugar.

Es hermoso ver que despunta el día y aparece el lucero de la mañana en nuestros corazones (comp.. 2 Ped. 1, 19). djc