Trinidad - 3 de junio de 2007

El sapucay cristiano

¿No está llamando la Sabiduría y no hace oír su voz la Inteligencia? En las cumbres más altas que bordean el camino, apostada en el cruce de los senderos, al lado de las puertas, a la entrada de la ciudad, en los lugares de acceso, ella dice en alta voz: "A ustedes, seres humanos, yo los llamo, y mi voz se dirige a los seres humanos.
El Señor me creó como primicia de sus caminos, antes de sus obras, desde siempre. Yo fui formada desde la eternidad, desde el comienzo, antes de los orígenes de la tierra.  Yo nací cuando no existían los abismos, cuando no había fuentes de aguas caudalosas.  Antes que fueran cimentadas las montañas, antes que las colinas, yo nací,  cuando él no había hecho aún la tierra ni los espacios ni los primeros elementos del mundo.  Cuando él afianzaba el cielo, yo estaba allí; cuando trazaba el horizonte sobre el océano,  cuando condensaba las nubes en lo alto, cuando infundía poder a las fuentes del océano,  cuando fijaba su límite al mar para que las aguas no transgredieran sus bordes, cuando afirmaba los cimientos de la tierra,  yo estaba a su lado como un hijo querido y lo deleitaba día tras día, recreándome delante de él en todo tiempo,  recreándome sobre la faz de la tierra, y mi delicia era estar con los hijos e hijas de los seres humanos (Prov. 8, 1-4, 23-31).

¡Señor, nuestro Dios,
qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!

Quiero adorar tu majestad sobre el cielo:
con la alabanza de los niños
y de los más pequeños,
erigiste una fortaleza contra tus adversarios
para reprimir al enemigo y al rebelde.

Al ver el cielo, obra de tus manos,
la luna y las estrellas que has creado:
¿qué es el hombre para que pienses en él,
el ser humano para que lo cuides?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y esplendor;
le diste dominio sobre la obra de tus manos,
todo lo pusiste bajo sus pies:
todos los rebaños y ganados,
y hasta los animales salvajes;
las aves del cielo, los peces del mar
y cuanto surca los senderos de las aguas.

¡Señor, nuestro Dios,
qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!  (Salmo 8).

Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.  Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza.  Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado  (Rom. 5, 1-5).

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora.  Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.  Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.  Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: 'Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes'  (Jn. 16, 12-15).

Introducción

Cuando un correntino grita de alegría o para darse ánimo truena el sapucay, para hacer notar la alegría suena el sapucay. Cuando un cristiano aclama alegremente a su Señor suenan la alegre exclamación:

¡Aclamen al Señor, hijos de Dios!
aclamen al gloria y el poder del Señor!
adórenlo al manifestarse su santidad!
¡La voz del Señor sobre las aguas!

El Dios de la gloria hace oír su trueno:
el Señor está sobre las aguas torrenciales.
¡La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es majestuosa!

La voz del Señor parte los cedros,
el Señor parte los cedros del Líbano;
hace saltar al Líbano como a un novillo
y al Sirión como a un toro salvaje.

La voz del Señor lanza llamas de fuego;
la voz del Señor hace temblar el desierto,
el Señor hace temblar el desierto de Cades.

La voz del Señor retuerce las encinas,
el Señor arrasa las selvas.

En su Templo, todos dicen: "¡Gloria!".
El Señor tiene su trono sobre las aguas celestiales,
el Señor se sienta en su trono de Rey eterno.

El Señor fortalece a su pueblo,
él bendice a su pueblo con la paz (Salmo 29).

1. Alabanza, aclamación

Cada vez que aparece la palabra aclamación, aclamar, se nos presenta la oración a Dios que reconoce su majestad, su obra salvadora y creadora. Aclamar en el hebreo del Antiguo Testamento es una palabra que da la idea de atronar los tímpanos con un gran ruido.

Aparece por primera vez en el contexto de la conquista de Canaán, es el grito de guerra israelita al enfrentar a sus enemigos. La aclamación no es un ruego temeroso pidiendo la protección divina. Es una ruidosa afirmación de la superioridad de Dios, liberador de su pueblo, Dios presente, Dios de la victoria.

Cuando ustedes, en su propia tierra, tengan que combatir contra un enemigo que venga a atacarlos, deberán tocar las trompetas profiriendo aclamaciones, y el señor, su Dios, se acordará de ustedes, y se verán libres de sus enemigos (Núm. 10, 9).

2. La lucha es también contra el enemigo interior y la injusticia

La aclamación es la esperanza convertida en afirmativo grito de alegría. No sólo se da en lucha contra el enemigo, si no contra el mal, la injusticia, porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio (Ef. 6, 12).

El clamor expresa la certeza de la victoria contra todo desánimo, obsesión y problema interior, contra las estructuras sociales del pecado, el terrorismo, la opresión, la pornografía, la explotación, la violencia del fútbol y las otras violencias, el egoísmo, la manipulación del otro…

Cuando nos vemos hundidos en el desánimo y la melancolía, la tristeza y la desesperación, los conflictos con nosotros mismos y con los demás, las tentaciones que nos deprimen y amedrentan, la falta de trabajo y de justicia… llegando a la oración como alabanza, como aclamación, podemos experimentar el poder de la gracia divina.  Volvernos hacia el dios de misericordia, levanto mis ojos hacia ti, que habitas en el cielo (Sal. 123, 1).

3. El cómo alabar

Ante la certeza de la fe expresada en: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor (Deum. 6, 4). , dejamos a un lado nuestras preocupaciones, nos afirmamos en la alabanza a Dios, al Dios de amor, poder y victoria. Dejamos fuera nuestras propias preocupaciones, para contemplar el rostro bondadoso de Dios.

Incluso es bueno no dejarnos cercar e invadir por el mal que nos obsesiona, sino centrarnos en el amor de Dios que nos libera. Cuando miramos una pequeña mancha en nuestra ropa, si lo hacemos desde unos diez centímetros parece enorme, pues ocupa todo nuestro campo visual. Si lo hacemos desde un metro, apenas se verá la mancha o habrá desparecido.

Mediante la alabanza a Dios asumimos la adecuada perspectiva frente a nuestros problemas y pesares. ¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti! (Is. 60, 1).

Conclusión

¡Den gracias al señor, porque es bueno, porque es eterno su amor! (1 Crón. 16, 34). djc