22 de marzo de 2008 Vigilia Pascual
Vivo en Cristo Jesús
¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva. Porque si nos hemos identificado con Cristo por una muerte semejante a la suya, también nos identificaremos con él en la resurrección. Comprendámoslo: nuestro ser humano viejo ha sido crucificado con él, para que fuera destruido este cuerpo de pecado, y así dejáramos de ser esclavos del pecado. Porque el que está muerto, no debe nada al pecado. Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él. Al morir, él murió al pecado, una vez por todas; y ahora que vive, vive para Dios. Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús (Rom. 6,3-11).
Las palabras de San Pablo respecto al Bautismo son una auténtica revolución. Hablan de la muerte y la vida nueva. Hablan de que somos transformados en Cristo Jesús por una cambio más profundo que la trasmutación de la materia en energía en una bomba atómica. Sin embargo, son palabras tan familiares que han perdido para nosotros toda fuerza y sentido, han perdido su impacto revolucionario. Como un ejercicio para dar vida en nuestro tiempo a este texto paulino, imagine que un día se levanta y no se siente muy bien. Cree que tiene gripe y que unos días de reposo le brindará nuevamente la salud. Pero su malestar dura semanas, así que se decide y llama al médico de la familia. Él llega y lo examina con mucho cuidado, se toma su tiempo, hace muchas preguntas, vuelve a examinarlo. Al fin le dice con suavidad que sería bueno ver a otro médico. Va al consultorio a ver otro profesional, éste le ordena una serie de análisis y de estudios y le indica volver cuando estén listos. A la semana ya se siente muy preocupado. Toda su vida ha sido sana, sin problemas de mayor importancia. Está envuelto en numerosas tareas en su trabajo, tiene una hermosa familia a la que dedicarse, ¡no es como para enfermarse ahora con tantas responsabilidades y en plena crisis! A los diez días regresa y el médico le informa que sufre de un mal bastante raro, poco comprendido por la ciencia Le informa que no se conoce cura alguna, pero que se están realizando investigaciones sobre él en todo el mundo. Le comunica que es una enfermedad mortal. Cuando, angustiado, le pregunta sobre su posibilidad de vida, le informa que es muy corta, una semana o poco más. ¿Cómo vivirá sus pronosticadas últimas semanas? ¿Qué será importante hacer ahora que le queda tan poco tiempo? ¿Qué cosas antes le parecían importantes y ahora pierden por completo su valor? ¿A quiénes ha de perdonar? ¿A quién le entregará en herencia lo que posee? ¿A quién le dirá que lo o la ama? ¿Cómo usará cada instante ahora que le queda tan poco tiempo? ¿De qué ha de arrepentirse y de qué habrá que pedir perdón y a quién? ¿Cómo hablará con Dios acerca de esto tan terrible que le está pasando? Suponga que, semanas más tarde, resignado ya a morir, sintiéndose cada vez más débil, viene a verlo el especialista y le dice que hay una droga en experimentación que podría, si no curarlo, prolongar su vida y permitirle una vida normal mientras tanto. Tiene un solo inconveniente, cuando la muerte llegue, llegará súbitamente, sin advertencia alguna, y podrá suceder en un día, una semana, un mes un año, quién sabe. Usted asiente, se le aplica la droga, los síntomas desaparecen, retoma su vida de antes. Pero, por cuánto tiempo usted no lo sabe. ¿Cómo vivirá ahora que ha regresado de la muerte? ¿dará quizás gracias por el don de la vida que tiene? ¿Cómo llevará a cabo sus decisiones, las ya tomadas y las que haya de tomar? ¿Cómo afrontará la vida en su falta de certeza? La realidad de la muerte en el Bautismo y la vida nueva en Cristo Jesús es de un significado más profundo que el rescate de la muerte física. Tendrían que impactar más hondamente en nuestras vidas que la experiencia de una muerte como inminente o el rescate inesperado de la misma. Las palabras de San Pablo nos llaman vidas radicalmente, profundamente, transformadas: Considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. djc |